El Londres glamuroso y brillante de los años sesenta escondía bajo su superficie otro Londres oscuro y peligroso, donde las bandas criminales campaban a sus anchas. Y en ese otro Londres, los hermanos Kray imponían su ley.
Ronald (Ronnie) y Reginald (Reggie) Kray nacieron el 24 de octubre de 1933 en el barrio londinense de Hoxton, en una familia con antepasados irlandeses, judíos y gitanos. Cuando tenían tres años, enfermaron de difteria,que afectó más seriamente a Ronnie, que estuvo a las puertas de la muerte. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, su padre, un perista de poca monta especializado en objetos de oro, fue llamado a filas, pero se negó a combatir y prefirió desertar, pasando a la clandestinidad, y estando más de veinte años huyendo de las autoridades. Por esa época los pequeños Kray comenzaron a relacionarse con criminales, a desconfiar de la policía y a escuchar historias de delincuencia.
En su adolescencia empezaron a practicar boxeo, influidos por su abuelo materno, Jimmy "Cannonball" Lee, un antiguo púgil que había alcanzado cierta fama a nivel local y poseedor de un contundente gancho de izquierda. Alcanzaron cierto nivel como aficionados e incluso Reggie estuvo a punto de dar el salto al boxeo profesional con 19 años, pero una pelea en un pub de Walthamstow provocó que la federación de boxeo suspendiera su licencia. Ya por entonces eran conocidos por su agresividad; era habitual que se vieran envueltos en trifulcas, y en más de una ocasión estuvieron a punto de ser condenados. Ronnie tenía un carácter impulsivo y dado a los estallidos de ira, mientras que Reggie era más frío y calculador. No tenían demasiados amigos, ni se relacionaban demasiado con otras personas; habían comprendido desde tiempo atrás que sólo se podían fiar el uno del otro.
En 1952 ambos fueron citados para realizar el servicio militar, algo que no les entusiasmaba demasiado (cuestión de familia, seguramente). Desertaron el primer día, tras golpear a un cabo, y fueron arrestados al día siguiente, tras dar una paliza a un policía que trató de detenerlos. Tras un breve paso por la Torre de Londres (fueron de los últimos presos del famoso edificio), acabaron recluidos en una cárcel militar en Canterbury. Allí su comportamiento fue especialmente problemático: agresiones a guardias, incendios en sus celdas, un intento de fuga... Al final, el ejército se hartó de ellos y los licenció con deshonor, dejándolos libres para volver a Londres y comenzar su carrera criminal.
Comenzaron como muchos otros como matones al servicio de criminales más importantes. Tenían su base de operaciones en unos billares que habían comprado en Bethnal Green y desde allí empezaron extorsionando a pequeños comerciantes a cambio de "protección". Luego pasaron a palabras mayores: robo a mano armada, secuestro, incendios provocados... Con los beneficios, compraron varios bares y propiedades, iniciando así un pequeño imperio empresarial. Y no les temblaba la mano a la hora de emplear la violencia en sus negocios. En 1956, Ronnie disparó en una pierna a un vendedor de coches que no aceptaba el "trato" que le proponía, pero se libró fingiendo ser su hermano (que tenía una coartada sólida). Por aquella época trabajaban para un gangster de Liverpool llamado Jay Murray, pero no tardaron en independizarse y formar su propia banda criminal, a la que llamaron "The Firm". También contaban con la ayuda de Alan Cooper, un banquero que se encargaba de blanquear sus ingresos y gestionar su patrimonio.
En 1960, Ronnie fue condenado a 18 meses de cárcel por extorsión y amenazas. Mientras él estaba en prisión, Reggie se hizo con la propiedad de un club nocturno, el Esmeralda's Barn. El club les dio un buen resultado y los Kray se hicieron con varios más, lo que les convirtió en celebridades dentro de la escena social de Londres. Como dueños de varios de los locales más de moda de la noche londinense, empezaron a frecuentar la compañía de gente conocida. Políticos, deportistas, aristócratas, actores, cantantes, eran clientes habituales de los clubes de los Kray. Pero por debajo de esa fachada de glamour y lujo, los Kray seguían controlando su imperio criminal con mano de hierro. Temidos y admirados, odiados y respetados, sus figuras concitaban filias y fobias, como había sucedido otros grandes capos del crimen organizado, como Al Capone.

















































