jueves, 7 de julio de 2016

Que fue del Ciberpunk?

Jamás fuimos ciberpunks... pero nunca dejaremos de serlo



¿Qué fue del siglo XX?, se preguntaban 091 más de una década antes de que acabase. Algo así se preguntaba también, en esos mismos años 80, el Ciberpunk, pero aplicado a la literatura de ciencia ficción. Entendido como un movimiento rebelde, como un acto contracultural dentro del género, intentaba explicar la influencia de los ordenadores personales y de una aún inexistente pero ya visibilizada internet... y hacerlo de manera urgente.

Muchos dicen que se ha ido, y llevan más de 30 años afirmando que el ciberpunk murió casi con el final de los 80. Pero vivimos en un mundo bastante conectado a algunas de las características del movimiento y las ramificaciones del escándalo de la NSA han vuelto a sacar a la luz las ideas de uno de los grandes autores que han escrito libros dentro del movimiento. Neal Stephenson, en ‘Snow Crash’, anticipó una especie de World of Warcraft espiado por agentes del Gobierno... justo como ha ocurrido.




La historia es repetida, algo casi circular desde el mismo momento en que apareció el ciberpunk: la gente lo da por superado, lo toma como anécdota, pero algo aparece que le otorga de nuevo el valor merecido, no ya como género, sino como anticipador de tendencias y comportamientos.

Quizás esté en la propia esencia del movimiento, en sus contradicciones internas que actuaron como motor de las novelas y relatos. Dos anécdotas, una más conocida que otra, ejemplifican bien esas contradicciones: por un lado, que Neuromante, piedra fundacional del Ciberpunk, se escribiese en una máquina de escribir, no en un ordenador; por otro, que la etiqueta y el manifiesto que dio nombre al género, pensado para ser disidente respecto al resto de la ci-fi del momento, acabase siendo pasto del mainstream y contagiada de sus peores vicios.

De lo que no hay duda, por más que algunos hayan querido minimizar su importancia, es de que el Ciberpunk estuvo ahí... y sigue muy presente.



Aunque el término lo acuñaron otros, fue William Gibson en su 'Neuromante' quien mejor supo representar en primera instancia todo lo que sería el ciberpunk. 'Neuromancer' se mantiene como la obra magna del género (en influencia, que literariamente es discutible), quizás sólo con la ya citada 'Snow Crash' de Stephenson como rival en popularidad. Pero como suele ocurrir en la literatura de género es una antología la que mejor representa todo lo que supuso el ciberpunk... aunque en este caso supuso casi también su muerte

En 1986 Bruce Sterling se encarga de recopilar relatos e historias cortas en 'Mirrorshades' (1986). Sterling reúne a un grupo de autores heterodoxo y que no tenía excesivamente claras las fronteras ni las características de un "ciberpunk", que, sin embargo, sí sería el subtítulo de la antología. Son las ganas de Sterling por conseguir el movimiento tenga proyección más allá de 'Neuromante' lo que da vida a una recopilación muy desigual pero imprescindible para entender las contradicciones del género.




Básicamente, el ciberpunk nace a la vez que muere. Porque recopila las inquietudes de una serie de novelistas con ganas de romper con una novela de ciencia ficción anquilosada, estancada en la glorificación estadounidense y en una militarización estéril. No es extraño que el núcleo de aquella "rebelión" fuese EEUU: es por cómo había evolucionado la ciencia ficción en aquel país por lo que muchos sienten la necesidad de revolverse.

El movimiento no sale de la nada: Ballard o Phillip K. Dick son influencias básicas, tanto en la manera de narrar como en los temas y hasta en la poco luminosa visión que plasman sus libros. Pero también Pynchon o el Alfred Bester de 'Las estrellas, mi destino'. Eso sí, el ciberpunk tiene mucho de arrebato juvenil, de "matar al padre".

En numerosas entrevistas sobre el género, en las que casi siempre desprecia el término que le dio nombre, William Gibson habla de descontento, de disidencia, de la necesidad de olvidarnos de tipo bueno de clase media y dar pie a otras historias y otros protagonistas. De meterse en el barro, de ensuciar la ciencia ficción, de que la tecnología deje de ser transparente. Una frase que lo resumen todo: "Quería mostrar la suciedad de las esquinas" de la ciencia ficción, dice Gibson. Lo frenético, lo alucinado de 'Neuromante', son reflejo de esa necesidad de contar algo diferente.




Otros se suman: es sencillo que un grupo se rebele contra lo establecido incluso aunque no se comparta mucho más que la necesidad de acabar con todo lo que ya es "viejo", lo que atufa a la pasada generación.

En 1980, en las páginas del fanzine Cheap Truth, muchos jóvenes autores dan rienda suelta a sus fantasías de ciencia ficción y van dejando claro que no quieren saber nada de la ci-fi especulativa que dominó los 60 y gran parte de los 70. Allí, en esas mismas páginas (que se pueden leer aquí), se van llamando a sí mismos "The Movement", pese a que sólo hilando fino se pueden asimilar unos a otros.
Que, en su mayoría, los autores ciberpunk no comparten mucho entre ellos queda patente cuando Sterling, un tipo brillante en sus provocaciones, firma el prefacio a su antología y habla de sus autores como un "grupo", un "movimiento"; les da cierta unión y, además, decide meterlos de manera definitiva bajo el término cada vez más usado de "Ciberpunk". Un término ajeno a ellos, comercialoide, nacido fuera de esos propios autores y adoptado por los medios como categoría fácil para vender. Sterling, que también publica textos suyos en la antología, encierra a los disidentes en una jaula de oro.
Sterling es extremadamente inteligente y pone la venda antes de la herida, la misma que él está abriendo a navajazo limpio:

“De alguna forma, las etiquetas colectivas nunca encajan del todo con el individuo particular, y por ello provocan una irritación compartida. De todo esto se deduce que el «típico escritor ciberpunk» no existe; este personaje es, simplemente, una ficción platónica. Para el resto de nosotros, esta etiqueta es un incómodo lecho de Procusto, donde los críticos malvados nos aguardan para cortarnos y estirarnos, a fin de que encajemos.”
Aquel prólogo era tremendamente provocador, porque Sterling anunciaba que incluso gente como James Patrick Kelly, incluido en la antología, formaba parte del grupo. Durante los años anteriores, Kelly había sido visto por la crítica de ciencia ficción como parte de la "nueva ala", supuestamente representantes de todo lo contrario que los escritores ciberpunk. Como veis, era todo a la vez provocación, bromazo, ganas de epatar y verdadero talento más allá de divisiones artificiales.

Hay quien acusa al grupo inicial, y a Sterling como ideólogo, de transformar lo que era una pura revuelta literaria en una herramienta de marketing. Sea como sea, la influencia de aquellas páginas va mucho más allá de lo que cualquiera hubiese previsto.


Pese a la diversidad de estilos de los autores encuadrados dentro del movimiento, el Ciberpunk como etiqueta caló hondo en la cultura pop, quizás precisamente porque el denostado término (al menos entre varios de esos mismos autores) tenía gancho y resumía en nada todo un cúmulo de influencias, disidencias, características y temáticas. A saber:

Una fuerte influencia de Asia, su industria y su cultura: más Japón, no tanto una China que aún tardaría más de 20 años en convertirse en lo que hoy es tecnológicamente:

Viernes por la noche en Ninsei. Pasó frente a quioscos de yakitori y salones de masaje, una cafetería llamada Beautiful Girl, el trueno electrónico de una vídeo galería. Se hizo a un lado para dar paso a un sarariman de traje oscuro, y alcanzó a ver el logotipo de la Mitsubishi-Genentech tatuado en el dorso de la mano derecha del hombre. (Neuromante; William Gibson)
Un mundo dominado por multinacionales, donde la tecnología ha conseguido borrar la línea de lo que es biología y lo que no. El ciberpunk, pese a lo reconocible que ha sido con aquello de los implantes, estaba sin embargo más centrado en la supremacía de la información. Su "cib" viene de ciberespacio, no de "cyborg". Los implantes son realmente importantes porque permiten estar más metidos en el flujo de información, permiten acceder a ella desde el propio cuerpo. Y las mega-empresas tienen línea directa con nosotros:

“Si el plazo de treinta minutos (del reparto de pizzas) expira, la noticia del desastre se transmite al cuartel general de Pizzas Cosa Nostra, y de ahí al mismísimo Tío Enzo, ese Coronel Sanders siciliano, el Andy Griffith de Bensonhurst, la imagen siniestra de las pesadillas de más de un repartidor, el Capo y principal testaferro de la Corporación Pizzas Cosa Nostra... quien a los cinco minutos estará hablando por teléfono con el cliente, disculpándose profusamente. Snow Crash - Neal Stephenson”


Una ciencia ficción del "día siguiente": El ciberpunk no es un futuro distante, sino el presente transformado de manera radical, en apenas unos años. En los 80, con la presencia del PC, las consolas y la popularización de la electrónica de consumo, aquello era como si te estuviesen hablando de mañana por la mañana, no de naves espaciales dentro de miles de años:

“El Orlando Holiday Inn se encontraba cerca de la terminal del aeropuerto a la que llegaban turistas ansiosos de las delicias de Disneylandia. «Pero para mí», pensó George, «no hay patitos simpáticos y sonrientes ratoncitos. Aquí, como en todas partes, estoy en la ciudad de la serpiente».”(Ojos de Serpiente; Tom Maddox)



El brutal impacto de la tecnología: gran parte del ciberpunk, como Gibson indica, muestra los rincones sin barrer de nuestro día a día. Y en ellos, la superficie limpia de las pantallas, la supuesta inocuidad de lo digital, es sustituida por lo oscuro, lo negativo, lo casi desastroso. La tecnología cambia el mundo, lo conecta y, directamente, lo transforma por completo, sin obviar los lados oscuros. El 1 y el 0 son instrumentos para manipular, para hacer más sencillos el crimen y las drogas, para que las conspiranoias sean más reales que nunca:

“Una enorme Galrog patina hacia delante. Parece un cognirrobot, cargada de baterías, con alambres que recorren sus brazos de arriba abajo y atraviesan su pelo afro del cual cuelgan cascabeles y pedazos de vidrio. Tiene una torreta láser atada a la cabeza y un disparador en cada mano.” (Los chicos de la calle 400; Mark Laidla)


Lo virtual y lo real son prácticamente indistinguibles: que el hombre y la máquina se hayan fundido para crear una nueva raza, desplazando al ser humano puro, tiene consecuencias también en que no hay fronteras entre lo análogico y lo virtual. En determinados momentos y relatos, incluso cuesta como lector saber si te están hablando del mundo real o de esa internet omnipresente en la que muchos viven sus días.
“—Jaleo, tío. Sutherland se ha vuelto majara y la han sedado. Al menos seis personas se han echado al monte, si te cuento también a ti —la voz de Mozart ya sólo tenía una mínima sombra de acento. —Oye, no me he echado al monte. Volveré en un par de días. Tenemos... ¿cuántos?, ¿treinta personas en el norte de Europa? Si es que te preocupan los números. —Al diablo con los números. Esto es serio. Hay levantamientos. Comanches convirtiendo las instalaciones de Texas en un infierno. Huelgas laborales en Londres y Viena. En Tiempo Real están cabreados. Hablan de sacarnos de aquí.” (Mozart con gafas de espejo; Bruce Sterling y Lewis Shiner)




El Antihéroe: No podía ser de otro modo, en una ambiente distópico y pesimista. El ciberpunk está protagonizado por ladrones, criminales, hackers... enfrentados a sociedades secretas, multinacionales, gobiernos títeres. Pero casi nunca por motivos limpios. Si es ambiguo qué es real y qué no (o más bien: si todo es real), las motivaciones de los personajes principales nunca serán maniqueas.



"Un año allí y aún soñaba con el ciberespacio, la esperanza desvaneciéndose cada noche. Toda la cocaína que tomaba, tanto buscarse la vida, tanta chapuza en Night City, y aún veía la matriz durante el sueño: brillantes reticulados de lógica desplegándose sobre aquel incoloro vacío... Ahora el Ensanche era un largo y extraño camino a casa al otro lado del Pacífico, y él no era un operador, ni un vaquero del ciberespacio. Sólo un buscavidas más, tratando de arreglárselas." (Neuromante, William Gibson)

En general, el Ciberpunk consigue capturar el zeitgeist de los 80 en EEUU: el Reaganismo y su asalto ultraliberal a la clase media mezclado con la fascinación geek que ya no nos dejará. Wired, surgida precisamente por su influencia, hablaba de su muerte comparándolo con el movimiento Beatnik.




Eso sí, no tarda en convertirse en algo casi autoparódico, manoseado por el mainstream. Veamos la anatomía del humano ciberpunk que aparece en este póster de revista de los 90:

Ciberpunk: siete libros esenciales en 140 caracteres

Neuromante (William Gibson): El origen, Chiba City, Sin Perdón subido en el bucle digital, Mycotoxina, AIs renegadas y un buen puñado de transplantes de órganos. ¡Crash!



Snow Crash (Neal Stephenson): El bibliotecario Google, remedos de World of Warcraft y Twitter, el GPS, hackers freelance y un protagonista llamado, ejem, Hiro Protagonist.

Mirrorshades (Antología): Mozart de juerga por el tiempo, ojos de serpiente (para ver que ayer casi no fuimos humanos) y ese prólogo que es escupitajo y maravilla a la vez.



El chico artificial (Bruce Sterlin): La nueva carne y la conciencia transplantada a una estrella de los medios, gamberradas ligeras en la zona Descriminalizada con más crimen del mundo.

Software (Rudy Rucker): Qué hacer en Florida cuando estás viejo. Qué hacer en la Luna para rejuvenecerte. Qué pinta un hippie en todo esto y por qué los robots se han autoexiliado.



Carbono Alterado (Richard Morgan): Cuerpos almacenados para ser alquilados, inmortalidad, trazo grueso, y la única aparición del Valle de los Caídos como escenario Ciberpunk.

Pequeños Héroes (Norman Spinrad): La lucha por los derechos de autor según la peculiar óptica ciberpunk: si te sobran músicos, cárgatelos. Aparece hasta el frente de liberación de -Judea- la realidad. Mucho Muchacho.



El ciberpunk se expandió, inundó otras páginas que no fueron las de los libros, llenó las salas de cine, se plasmó en juegos para niños y adultos y, por supuesto, dio el salto a su terreno natural: lo digital. De todo eso hablaremos otro día, que da para muchas discusiones.




Mientras tanto, pensemos en que la frase más emblemática del ciberpunk, la que abre 'Neuromante', puede ser también la que, en apariencia, más haya envejecido. Ahora, los canales muertos de la televisión ya no son tormentas de chispas grises y blancas, sino un pantallazo azul. De ese color sería el cielo sobre el puerto en 2014 y, sin embargo, la capa de mal rollo, angustia, disgusto tecnológico y suciedad que sostiene la frase no se va. Una vez más, el ciberpunk sobrevive a sus propias contradicciones.



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